Mi abuelo


El hombre más sabio que conocí no sabía leer ni escribir. La frase no es mía, es de Saramago. Ser escritor es darte cuenta a menudo de que las mejores frases ya las han escrito otros. Si no eres consciente de eso, además de no ser humilde resulta que también eres tonto. Mi abuelo tampoco sabía leer ni escribir. Con mucho trabajo remataba su firma en papeles cuyo significado no podía interpretar. Hoy me entero de que es el día de los abuelos y recuerdo que en mayo pasado se cumplieron veinte años de su muerte. Sólo conocí a mi abuelo paterno y a mi abuela materna. Mi abuela paterna murió cuando mi padre tenía tres años. Mi abuelo materno cuando yo era un bebé y no me acuerdo de él. Tengo la suerte de que aún viven casi todas las personas que he querido, pero de mi abuelo me acuerdo cada día. Recuerdo haberle preguntado de niño por lugares con resonancias épicas donde estuvo en una guerra que perdió (Ebro, Jarama...), pero hasta que no fui mayor no me di cuenta de que no le gustaba hablar de eso. Tampoco de la cárcel en la que lo encerraron luego. Allí le anunciaron la muerte de mi abuela y lo despertaron con un cubo de agua helada porque se desmayó al recibir la noticia. Hace más de cuarenta años que me lo contó. Aún le envidio la forma tranquila, tan digna, de asumir la parte oscura de la vida. Mi padre envejece y cada día se parece más a su padre. No sólo en lo físico. Si se enfada o está triste, es muy difícil darse cuenta. A mí me gustaría parecerme algún día a mi padre y a mi abuelo. Ser tan fuerte y tan digno como ellos. A mi abuelo lo convertí en el personaje de una novela. Esa novela se la dediqué a mi padre y a mi abuelo. Mi abuelo nunca supo que  mi oficio llegó a ser el de juntar palabras. Creo que le habría gustado saberlo. 
 © Andrés Pérez Domínguez, julio de 2017

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