¿Un mundo diferente?

El día de Año Nuevo bajo a la calle con el euromonedero recién abierto, las monedas relucientes en el pantalón, como si en lugar de salir a la calle con resaca o empachado gracias a los excesos gastronómicos navideños estuviera recién regresado de la Isla del Esqueleto después de haberme corrido una aventura con Jim Hawkins y el cojo Long John Silver, y el dinero que amenaza con desfondarme el bolsillo no fuera otro que mi parte del botín del tesoro del capitán Flint.
Eso tienen las monedas de nuevo cuño, relucientes, sin mácula, hasta que el paso del tiempo y el trasiego de tantas manos les resten brillo y nos acostumbremos a su presencia y las miremos con la misma indiferencia que mirábamos a la peseta. Estos días, es la novedad la que nos atrae, la que forma colas en los bancos, en los cajeros automáticos y en los supermercados y en las cafeterías porque no nos aclaramos con el cambio. Hay que tener cuidado con la puñetera regla del seis: lo mismo se equivoca uno multiplicando en lugar de dividiendo y hay que pedir un crédito para que nos alcance a devolver el cambio del periódico o del pan.
En eso estaba el día de Año Nuevo, la ciudad desierta por la mañana, los bares cerrados, y los kioscos, por no haber prensa, también, y el euromonedero recién derramado en mi bolsillo, tintineando a cada paso como un cencerro, haciendo cábalas de cuánto me costaría el café de cada mañana, el periódico o el pan, pensando en los billetes nuevos, tiesos y recién dibujados como si fueran los del Monopoly: que si papel de fibra de algodón no ceroso, marcas de agua, elementos holográficos, banda iridiscente y tinta que cambia de color. Por lo visto, el no va más en billetes, lo mejor de lo mejor, vamos.
Será muy bueno esto del Euro, pienso mientras busco algo abierto, si tanta gente se ha puesto de acuerdo. Rodrigo Rato ha salido en las noticias pagando un café (en euros, claro) en un bar de la estación de esquí donde pasa las vacaciones de Navidad. Pedro Solbes, el eurocomisario de Asuntos Económicos y Monetarios, ha sacado dinero (en euros también, faltaría más) de un cajero automático en el aeropuerto de Bruselas para gastarlo en Madrid y demostrar las ventajas, que no las dudo, de la moneda única.
Después de encontrar un bar abierto y pagar el café (en euros, cómo no, sobre todo para aligerarme un poco el bolsillo, que ya me está cansando) desando el camino. Ahora hay más gente por la calle, y todos parecen llevar en los bolsillos el mismo tesoro. Tal vez ya nada será igual. Quizá, trato de convencerme, las cosas van a ir mejor a partir de ahora. Pero antes de cruzar el portal me doy cuenta de que el mismo mendigo de todos los días rebusca entre los contenedores la basura que tiramos después de haber pagado, eso sí, en euros.

© Andrés Pérez Domínguez. enero de 2002

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