Banda sonora


De la primera vez que estuve en Nueva York recuerdo una sensación que se ha repetido invariablemente cuando he vuelto a la ciudad de los rascacielos: sólo bastan unos instantes para sentirse muy pequeño, como Gulliver, flanqueado por los edificios enormes, para quedarse absorto mirando los taxis amarillos buscando a Robert de Niro con la cabeza rapada en la película de Scorsese, o sentir cómo lo habita el sonido tranquilizador de un saxo en la calle, unas notas que, después de haberlas escuchado, se da uno cuenta de que también son parte intrínseca de la ciudad que habíamos imaginado aun antes de visitarla por primera vez. De pronto parece como si los rascacielos, el río de gente que baja por las avenidas o los taxis amarillos hubieran perdido su identidad real para transformarse en imágenes de una película visitada muchas veces sin cansarnos y la música del saxo al caer la tarde no fuera otra cosa que la banda sonora de la ciudad.
Pasa en muchos ciudades, no sólo en Nueva York. Basta dar una vuelta por el metro de Londres o Madrid, por ejemplo, para percatarse, no sin cierto rubor, del gran número de músicos, y además buenos, que se patean las calles buscando una limosna, mimando las cuerdas de una guitarra o entonando una melodía con los ojos cerrados, ajenos al público que se arremolina en torno a ellos. En Sevilla también los encontramos: no hay más que pasear por el centro una mañana, sin prisas y, a poco que nos entretengamos frente a un escaparate, escucharemos una música, primero a lo lejos, suavemente, como si la estuviésemos tarareando para nuestros adentros. Luego te das cuenta de que el sonido no procede del interior, sino del otro lado de la esquina, y allí están, unos músicos que parecen venidos de la Europa del Este, muy rubios, muy jóvenes y muy bien trajeados. Al principio resuelves pasar a su altura sin mirarlos, pero enseguida comprendes que no puedes, te quedas extasiado mirándolos, igual que mucha gente, hasta que, sintiéndote culpable, dejas caer una moneda en la funda del instrumento que descansa sobre el suelo helado, alegrándote de que el montón de calderilla vaya creciendo. Luego, para no molestar, retrocedes unos pasos con discreción, procurando no hacer ruido, hasta que pasas a formar parte del grupo de curiosos que forman corrillo alrededor de la orquesta igual que si estuvieran aliviándose del frío al calor de una hoguera, mientras escondes tus manos torpes en los bolsillos, y el tiempo pasa volando, tan rápido que te gustaría tener toda la mañana para quedarte a escucharlos, porque a veces sólo hace falta eso, que la música en la calle nos alegre un instante la vida, como si fuese su banda sonora.

© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2001
Publicado en El Correo de Andalucía

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