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Un viejo cascarrabias

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Voy camino de acabar siendo un viejo cascarrabias. No puedo hacer nada por evitarlo. Me molestan los ruidos, el bullicio, los lugares multitudinarios, las caravanas para ir a la playa y cada vez tengo menos paciencia con los cantamañanas. Pero, para ser sincero, de jovencito también me molestaban estas cosas. Aunque no recuerdo bien si antes me incomodaban tanto las prisas; la urgencia que los demás quieren transmitirte, quiero decir. Será cosa de estos tiempos (sí, ya lo sé: es la frase típica de un gruñón amargado y anticuado, pero lo avisé en la primera frase): todo tiene que ser inmediato, cuanto antes, para ayer si puede ser. Lo del atentado en Barcelona hace dos días es una muestra triste (y preocupante para un futuro viejo misántropo) de la puñetera urgencia por contarlo todo y por saberlo todo. Para enterarse de lo que está pasando basta tener un móvil y conectarse a las redes sociales donde miles de personas, con mejor o peor criterio, estarán encantadas de informar. Todo suc…

Mi abuelo

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El hombre más sabio que conocí no sabía leer ni escribir. La frase no es mía, es de Saramago. Ser escritor es darte cuenta a menudo de que las mejores frases ya las han escrito otros. Si no eres consciente de eso, además de no ser humilde resulta que también eres tonto. Mi abuelo tampoco sabía leer ni escribir. Con mucho trabajo remataba su firma en papeles cuyo significado no podía interpretar. Hoy me entero de que es el día de los abuelos y recuerdo que en mayo pasado se cumplieron veinte años de su muerte. Sólo conocí a mi abuelo paterno y a mi abuela materna. Mi abuela paterna murió cuando mi padre tenía tres años. Mi abuelo materno cuando yo era un bebé y no me acuerdo de él. Tengo la suerte de que aún viven casi todas las personas que he querido, pero de mi abuelo me acuerdo cada día. Recuerdo haberle preguntado de niño por lugares con resonancias épicas donde estuvo en una guerra que perdió (Ebro, Jarama...), pero hasta que no fui mayor no me di cuenta de que no le gustaba habl…

Vidas paralelas

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Por alguna extraña razón acostumbro a sobrecargarme de trabajo cuando estoy muy ocupado. Será tal vez porque me siento más vivo y con más ganas de hacer cosas cuando las tareas se multiplican, o es que tengo miedo al tedio, a no hacer nada y quedarme bloqueado y con los pies dormidos para siempre si no ando embarcado en algún proyecto. No hablo sólo de trabajo, también hablo de la vida. El verano avanza, inexorable y asfixiante, cada vez más, qué pena, en el sur, pero me levanto muy temprano cada mañana y como muy tarde a las ocho estoy escribiendo. Necesito unas cuantas horas de concentración plena antes de que suene el teléfono (a pesar de que suelo tenerlo en silencio cuando escribo, no puedo evitar mirar la pantalla en los breves descansos y me cuesta no atender las llamadas perdidas o los mensajes acumulados) y la vida, que sigue ahí, al otro lado de la ventana, me requiera para las tareas cotidianas: hacer recados, atender a los amigos y a la familia, ocuparme de cosas important…

La piel fría

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Fue mi querido Félix J. Palma quien me puso sobre aviso hace trece años. Por aquella época hablábamos a menudo, nos contábamos nuestras inquietudes literarias e incluso algunos años antes cotejábamos mes a mes nuestras bases de datos con certámenes para concursar. Félix me alertó, decía, sobre una novela que había leído y estaba seguro de que me encantaría. Como tiene buen criterio y me conoce como lector y como escritor, le hice caso y compré La piel fría, de Albert Sánchez Piñol. Todavía tardé varios meses en leérmela (otras lecturas mandaban y yo estaba entonces arremangado en la promoción de La clave Pinner) pero cuando la empecé no pude parar hasta el final. Una historia tan sencilla como inquietante y fascinante: un exactivista del IRA llega a una isla del Pacífico Sur en la segunda década del siglo XX. En ese lugar apartado, sólo vive un tipo peculiar que responde al no menos peculiar nombre de Batís Caffó y cada noche les atacan unos monstruos que vienen del fondo del mar. No …

La dificultad

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Un amigo me preguntaba hace un par de días por mi nueva novela. Chasqueé la lengua, incómodo, sacudí la cabeza. Ahí ando, le respondí, que es lo máximo que acostumbro a contar cuando estoy atascado, no sólo en el trabajo, sino en la vida en general. No suelo dar muchas explicaciones. Por coherencia, tampoco las pido. Pero Alfonso es un chaval al que aprecio y me explayé un poco: estoy peleándome con ella, añadí; ya veremos quién gana... Alfonso, que además es compañero de tatami, sonreía, convencido de mi victoria mucho más de lo que yo puedo estarlo. No creo haber escrito nunca un libro, y ya van unos cuantos, sin que la incertidumbre y el desánimo estén ahí agazapados, esperando a que bajes la guardia. Aún queda la mitad del trabajo por hacer, pero hay días que me cuesta avanzar ―el calor y el verano no ayudan― porque se me ocurren o descubro cosas nuevas y para hacerles hueco he de descartar otras ya escritas y encajadas. Es un continuo cambio de párrafos estos días, de añadir pers…

El sofá de los raros

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Sala de espera de un hospital. Tengo que buscar acomodo mientras le hacen una prueba a una persona muy querida. Es la tercera planta, con vistas al campo, tan lejos del bullicio de abajo que casi parece la recepción de un hotel vacío. Sólo falta el hilo musical. Uno de los sofás está frente a la cristalera por la que pueden verse varios huertos, con líneas de olivos verdeazulados, terrones secos y alguna envidiable piscina. La estampa cualquiera del campo andaluz en esta época del año: calor y encanto, sudor y alegría. Me acomodo en ese sofá, el sitio perfecto para aislarte. Sólo hay tres o cuatro personas. Todas móvil en mano. Pongo el mío en vibrador, como si a alguien le importara que suene, y mi hermana me llama para preguntar si todo bien. La informo y abro un libro, de espaldas a los que pasan el dedo por la pantalla del móvil para no perderse una conversación por whatsapp, para no dejar de estar al día en las redes sociales. Siento que cualquiera que me mire va a pensar que me …

La ternura infinita

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Tendrá ochenta años, quizá un poco más. Renqueando, se sienta a mi lado, en el banco del andén donde espero el cercanías. Para variar, yo he llegado pronto. Estoy contento porque el médico me ha dado una buena noticia (mis rodillas están en perfecto estado y puedo seguir practicando karate otros treinta y cinco años, por lo menos...) y para aprovechar el tiempo he abierto, lápiz en mano, un libro sobre el penoso exilio de Lev Trotsky mientras Stalin y los suyos le hacían la vida imposible. Hace poco acaba de salir un tren, el del anciano que me acompaña. Si tuviera veinte años, murmura, para sí, pero en realidad me está hablando a mí, no se me habría escapado el tren. Ni con cuarenta, insiste, mirando de reojo la portada del libro que tengo en las manos sin conseguir descifrarla, me temo. Sin cerrarlo, dejo de leer. Sonrío, le doy la razón con un leve movimiento de cabeza. El pantalón gris, la camisa blanca, las alpargatas, el acento cerrado y la dirección en la que acaba de partir el…

22/11/63

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A estas alturas, decir que Stephen King es un genio resulta una obviedad tan manida como prescindible, sobre todo cuando hasta muchos de sus detractores se han ido rindiendo a su talento. El novelista de Portland podrá gustar o no, como cualquier escritor, pero no creo que mucha gente, por muy estirada que sea, ponga en tela de juicio su ingenio. El Stephen King que más me gusta no es el terrorífico, aunque Misery me parece, a pesar del miedo que recuerdo, una obra maestra. El Stephen King que me conquista es el que ambienta sus tramas en décadas pasadas, con guiños constantes a su juventud o a su infancia. Y, también, como no, el de Rita Hayworth and Shawshank redemption o La milla verde.
De los últimos años cincuenta y de los primeros años sesenta trata sobre todo 22/11/63. Como tantos otros libros, tenía esta novela esperando en la estantería desde hace mucho tiempo. Creo que se publicó en España en 2012, así que no es una novedad, ni falta que le hace. Pocos lectores no conocerán a…

La incertidumbre

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En una entrevista, hace muchos años, recuerdo a Steven Spielberg confesando que hacer películas era un trabajo muy frustrante porque, al rodarlas, nunca te salían como lo habías planeado. Mucho tiempo después, Pedro Almodóvar contó algo parecido: cada vez que empezaba a rodar una película sentía que no sabía cómo hacerla. La experiencia no parece servir de mucho cuando la creatividad y el azar son parte inseparable del trabajo. Hace apenas una semana, en una entrevista conjunta a Mario Vargas Llosa, Arturo Pérez-Reverte y Javier Marías, este último manifestaba que cuando está escribiendo una novela lo asaltan dudas terribles: ¿le gustará a los lectores? ¿Me la publicarán?¿Me la publicarán? se preguntaba Javier Marías, por más que a más de uno le dé (nos dé) la risa al imaginarlo. Parece mentira, pero es posible que dijera la verdad. Literariamente hablando, y si nos ceñimos a las ventas y al número de personas que conoce tu trabajo, yo soy un escritor de clase media (aunque la clase m…

Doce hombres sin piedad

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Comentaban el otro día en la radio la película Doce hombres sin piedad, de Sidney Lumet, con guión de Reginald Rose. Espléndida, por cierto. La he visto más de una vez, hace siglos ya. Doce hombres encerrados para deliberar sobre la culpabilidad de un joven, que parece clara hasta que uno de ellos se empeña en aguarles la fiesta sugiriendo que el chico puede ser inocente. En la radio mencionaron la memorable versión de Doce hombres sin piedad que se hizo en el programa Estudio 1, de TVE, que también recuerdo haber visto, no en su estreno, porque fue en 1973 y yo era demasiado pequeño para acordarme, pero seguramente en alguna reposición, siendo un niño todavía. Por esos caprichos de la memoria, sólo tenía grabado a José Bódalo en su papel de tipo amargado empeñado en condenar a un inocente. Pero en la web de TVE se puede rescatar esta joya y he corrido a busca rla. No es sólo José Bódalo: también están José María Rodero, Manuel Alexandre, Rafael Alonso, Jesús Puente, Sancho Gracia, Is…

Lo único que queda

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Un libro se publicará o no, tendrá más o menos lectores, contará con el favor de la crítica o pasará desapercibido. Con el tiempo comprendes que todo eso es secundario y aceptas, felizmente, que, a pesar de los sinsabores y trabas del oficio, escribir supone ventajas innegables. Para mí, una de las mejores es que cada nuevo proyecto se parece a estudiar un máster en el que aprendes muchísimo. Estoy convencido de que soy una persona distinta, y espero que mejor, tras haber leído tantos libros sobre el espionaje en la IIGM para escribir La clave Pinner y haberme pateado tantas veces el barrio de Triana por las mismas calles que mis personajes; haber visto tantos combates de boxeo, estudiar sus reglas y viajado a Lisboa para encontrar el destino de mi querido Rafa Montalbán, el protagonista de El síndrome de Mowgli; empaparme sobre la vida del físico más famoso, cruzar el Atlántico para encontrar la casa donde pasó el verano de 1939 y leer mucho sobre el comportamiento de las partículas …

Premios polémicos

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La semana pasada se fallaron dos premios a los que a menudo acompaña la polémica: parece que a los suecos les va la marcha y, permitidme el fácil juego de palabras, Bob Dylan les ha correspondido haciéndose el sueco. Con el premio Nobel a Bod Dylan tengo sentimientos encontrados: por una parte, me parece bien que se valore la poesía convertida en canción y se popularice un galardón que demasiadas veces suele descu
brir a un autor ―a menudo por razones políticas o de justicia geográfica― antes que reconocer una carrera; por otro lado, dudo que la dimensión del poeta Bob Dylan fuera la misma sin la muleta imprescindible de la música, y eso resulta injusto para quienes batallan con la única ayuda de la pluma y el papel.
Unos pocos días después se celebró la gala de otro premio, el Planeta, que también suele ir acompañado de polémica. He de confesar que nunca había oído el nombre del finalista ni sabía de su obra, pero sí de Dolores Redondo, porque lleva vendidos muchos, muchísimos ejempla…

¿Tú qué escribes?

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Vaya por delante que la mayoría de la gente es amable, y que uno ha tenido la suerte de contar con lectores fieles desde su primera novela, que ni la prensa ni la crítica lo ha tratado mal y que, además de halagador, pocas cosas resultan más reconfortantes en este oficio que el entusiasmo de un lector agradecido. Pero he de confesar que sucede a menudo: cuando alguien te presenta, con buena voluntad añade pomposamente el calificativo de escritor, y la persona a la que acabas de conocer se queda mirándote un instante, preguntándose si tu cara o tu nombre deberían sonarle. Teniendo en cuenta la afición lectora de este país, se trata de una cuestión estadística: un encuentro casual entre un escritor y sus lectores es poco menos infrecuente que ganar la lotería. Como estás acostumbrado al ritual, ya que no has podido escaquearte, te armas con una sonrisa. Muchas veces, la persona que te acaban de presentar te pide que repitas el nombre y, como un colegial que aún no sabe vocalizar, vuelve…

Granada Noir

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Las reuniones donde se juntan varios escritores a menudo se parecen a una competición ridícula en la que, el que más y el que menos, intenta demostrar que es el más gracioso, al que agasajan con más ofertas de traducciones o adaptaciones cinematográficas de sus obras, el que más liga o el que la tiene más larga, vaya. Por haber padecido esa sensación incómoda alguna vez, he desarrollado una tendencia natural a declinar participar en la mayoría de los saraos a los que me invitan, y he de confesar, y no me da vergüenza confesarlo, que muchas veces estoy equivocado. Cuando en mayo pasado estuve en Granada, Jesús Lens y Gustavo Gómez me invitaron a volver en otoño para participar en la segunda edición de Granada Noir
Hay un par de razones por las que, a pesar de lo que apuntaba más arriba, acepté: la primera, porque de niño me enseñaron que hay que ser agradecido con quien se ha portado bien contigo, y Jesús Lens se había tomado la molestia de zamparse Los dioses cansadosy presentármelo …

Múnich

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Llego al final de una agenda como quien cierra una etapa. El número de cada página anotado en el margen superior hasta llegar a la última, la 244, y apuro las últimas líneas como si no hubiera otro cuaderno intacto esperándome. Este que clausuro ahora me ha acompañado durante los últimos nueve meses en la soledad de mi despacho o en la de la habitación de un hotel, en la mesa apartada de un bar, en un tren o a bordo de un avión (las salpicaduras de tinta, que tan mala pasada te juega cuando falta presión, lo demuestran en más de una página), en ciudades que conocía y en varias que visitaba por primera vez; palabras que me llamaron la atención y otras cuyo significado habría de buscar más tarde en un diccionario; curiosidades, notas para una novela que tengo empezada y otra de la que aún no he escrito una sola frase; una suerte de diario casi siempre incomprensible salvo para mí, como debe ser; apuntes sobre cosas que he leído, he visto o me han contado; gastos de viajes, entradas de e…

Borrar la sonrisa

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Si se te instala una sonrisa en la cara que nadie será capaz de borrar, merece la pena, ya lo creo, recorrer algo más de doscientos kilómetros de ida y otros tantos de vuelta para ir a ver una obra de teatro. No siempre tienes la oportunidad de sentarte en las mismas piedras de las gradas de un teatro donde hace dos mil años se sentaron otros espectadores, como tú, y tal vez también emocionados cuando flameaban las luces de las antorchas antes de empezar la función. Hay cosas que por estar tan al alcance de la mano corremos el riesgo de no darnos cuenta del privilegio que supone disfrutarlas. Alejandro Magno, que se representa esta semana en el teatro romano de Mérida, vale la pena. Eso ya lo he dicho al principio. Pero en un lugar así la función es lo de menos. Es el marco lo que verdad importa. La sonrisa imborrable en la cara, como un niño feliz. La emoción es tan intensa que no te importan los kilómetros recorridos ni los que tendrás que recorrer a la vuelta, ni el tipo tan grande

Truman

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Nunca es fácil el verano. Tampoco éste tendría por qué ser diferente. Estás a punto de salir para un viaje, no muy largo, apenas un día, y cuando llamas a la residencia donde cuidaban de Mowgli el año pasado resulta que no van a abrir, al menos de momento. Mala suerte. Cancelas el viaje, con buen ánimo, y te dices que los problemas están para solucionarlos. Pero no es tan sencillo. Como un ratoncito aplicado buceas en Internet para encontrar un lugar donde puedan acomodar a tu perro, porque ya es verano y el resto de la familia también está lejos y no puede cuidar de él. Miras las fotos de la gente que se anuncia como cuidadores de mascotas, intentas adivinar si tienen un lugar donde tu perro pueda correr, o si lo que está a su espalda es un parque. Mandas correos, llamas a algunos. Están demasiado lejos o las fotos engañan. Vivimos en un piso, te dicen, pero los fines de semana cogemos el coche y nos vamos con los perros al campo. Como el año pasado descubriste un lugar donde lo cui…

Firmas en la Feria del Libro de Sevilla

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Queridos: estaré firmando ejemplares de Los dioses cansados (y de toda mi obra, claro) en la Feria del Libro de Sevilla.
Os dejo las coordenadas:
-Sábado 30 de abril: Casa del Libro, 21-22 horas. Justo antes, a las 20 horas, será la presentación en la Pérgola y habrá una copa de Barbadillo para los asistentes.
-Domingo 1 de mayo: El corte inglés, 13-14 horas.
-Sábado 7 de mayo: Beta, 20-21 horas y Palas, 21-22 horas.

Nos vemos en la feria.


Los dioses cansados (presentación en Sevilla)

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Queridos: el próximo 30 de abril, sábado, a las 20 h será la puesta de largo en Sevilla de Los dioses cansados, en la Feria del Libro. El presentador será Cristóbal Cervantes, a quien ya he puesto en el compromiso de presentarme y entrevistarme en público varias veces (para eso están los amigos): la primera, hace 12 años, cuando se publicó La clave Pinner. Y, ahora que caigo, desde enero de 2008, cuando los dos mantuvimos una charla con los lectores para dar a conocer El factor Einstein, no presentamos una novela en Sevilla, así que ya iba tocando, y Los dioses cansados es algo especial... Pues eso: será una excusa para que todo el que quiera se acerque y hablemos de libros. Además, habrá una copa de Barbadillo para los asistentes. Esa misma noche estaré firmando en la caseta de Casa del Libro, y también volveré a firmar el domingo 1 y el sábado 7 de mayo. No digáis que no os he avisado con tiempo...  Nos vemos en la Feria del Libro.

Big time: la gran vida de Perico Vidal

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Desde que tengo memoria compro libros aunque sepa que no los voy a leer inmediatamente. Los libros, cada vez más, igual que la ropa pasan de moda y son sustituidos por otros para que los escaparates y las mesas de novedades luzcan siempre lo último, y vuelta a empezar. Los compro porque me interesan, porque me han llamado la atención y también, a veces, por capricho. El libro que acabo de terminar lo compré hace un par de años, cuando buscaba alguna información sobre Frank Sinatra para una historia que tengo en la cabeza y no sé si escribiré. Había ocupado su sitio en la parte de la estantería, cada vez más abarrotada, donde están los libros pendientes de lectura. Corregí una novela, terminé otra y también la corregí, hubo muchas lecturas, viajes y experiencias vividas entre tanto, hasta que hace un par de días, justo al acabar de leer un libro y devolverlo a su sitio, y cuando ya había elegido otro para empezar, me encontré pasando el índice por el lomo de Big time:la gran vida de Pe…

Los dioses cansados (entrevista)

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Queridos: ésta es la entrevista que mis editores han preparado para el dossier de prensa que acompañará a Los dioses cansados. En ella podéis encontrar algunas claves de la novela, del autor... La próxima semana estará en las librerías. Si os apetece saber más de Los dioses cansados, aquí os la dejo:Los dioses cansados Entrevista a Andrés Pérez Domínguez
P. ¿Es una novela negra Los dioses cansados? Se lo digo porque, al leer varias reseñas de libros suyos, observo que en muchas ocasiones los lectores y los críticos no se ponen de acuerdo sobre cómo catalogar su obra: novelas de espías, históricas, de aventuras, thrillers, negras...
R. En mi opinión, esa aparente confusión es un valor. Desde que publiqué La clave Pinner, hace doce años, siempre llega un momento en que se produce un debate muy interesante con los editores sobre en qué colección encajar el libro que me van a publicar: narrativa, misterio, histórica, aventuras, thriller... Pero es un dilema que no me afecta: cuando me sient…